Movimiento estudiantil de fin de siglo, UNAM 1999-2000

Foto: Alejandro Meléndez

Hablar del movimiento estudiantil  de 1999 en la UNAM es hablar de la defensa de la educación pública y gratuita en México. Es hablar  del freno al proyecto neoliberal que se quería instaurar en la UNAM vía un reglamento general de pagos consistentes en el aumento de las cuotas de inscripción, trámites, uso de equipos y laboratorios. Cuestionó reformas antes emprendidas que limitaban el acceso a la UNAM y los vínculos de la UNAM con el CENEVAL que hasta la fecha son pocos claros, por decir lo menos. Planteó el problema de la democratización profunda de la UNAM y la necesidad de un congreso donde se discutiera de forma transparente y abierta la problemática universitaria.

Es un movimiento que practicó la democracia participativa,  con rotación de delegados, discusión y toma de decisiones por escuela y luego en un Consejo General de Huelga (CGH) donde se discutían las propuestas y el plan de acción y se volvían a bajar puntos de discusión a las facultades y escuelas buscando un carácter horizontal en la toma de decisiones.

Un movimiento que no compró la idea individualista de: “no te preocupes por lo que no te afecta a ti” y, en cambio, luchó por los que venían detrás, por las futuras generaciones que hoy gozan de una universidad pública y de prestigio. Un movimiento que despertó a una generación de universitarios o, por lo menos, a un gran sector de la mal llamada “Generación X”. Una generación influida por la lucha zapatista, que vivía aún los vestigios del autoritario sistema priista que amenaza con regresar, o que no se fue del todo.

Jóvenes que argumentaron, se organizaron, hicieron asambleas, votaciones, referéndum, brigadas de información, comisiones que se encargaban de las finanzas, de la difusión y propaganda, de enlaces con otros sectores, etc.  Que organizaron cursos de verano, festivales, conciertos; que tomaron las calles con música y baile; que organizaban guardias,  mítines; que viajaban a las colonias, a otros estados a tratar de romper el cerco informativo.

Universitarios que reflejaron abiertamente el desencanto existente con las instituciones, con los partidos políticos, con las viejas prácticas políticas. Que defendieron los logros de los movimientos pasados como el del 86, pero que cuestionaban las prácticas de los viejos liderazgos ahora contaminados por el sistema partidista imperante en el país. Un movimiento que se resistía a transar, a dejarse cooptar, a rendirse frente a los embates y ofrecimientos de claudicación.

Un movimiento que aguantó una terrible embestida mediática que lo descalificó de inicio a fin; que aguantó represiones físicas, descalificaciones, una campaña mediática costosísima de las autoridades, amenazas de expulsión y de cárcel y la embestida de las clases favorecidas por el sistema.  Fue un movimiento de marginados, de los que no tenían certeza de tener un futuro con empleo, con patrimonio, de los hartos por ser menospreciados y no escuchados, fue el ya basta de la juventud.

Las autoridades, encabezadas por Francisco Barnés, fueron la punta de lanza que buscó instaurar el proyecto neoliberal en la UNAM. Actuaron despóticamente con cerrazón tratando de doblegar a los estudiantes, actuaron como verdaderos ULTRAS de derecha cerrando los caminos a un diálogo respetuoso, cosa que cavó su tumba. Dejaron la semilla de la polarización y desconfianza y alimentaron los extremos.

Ningún movimiento es puro, se cometen errores y excesos, es parte de la dinámica de todo movimiento social el desgaste, la polarización, el aislamiento y alejamiento con sectores que pudieron considerarse aliados. El no poder tener una política efectiva contra la embestida mediática que creó líderes con rastas para desprestigiar y polarizar.  La desconfianza ante los que buscan montarse y sacar provecho del agua turbia, la espada desenvainada ante el ataque estatal y el de las autoridades universitarias que imposibilitó una salida negociada, la falta de práctica en cuanto a democracia deliberativa y representativa que hizo difícil la búsqueda de consenso, de tolerancia de ideas y flexibilización de propuestas sin transar, fueron de las problemáticas que no pudo sortear como hubiera querido el movimiento. Difícil de hacer, frente a toda la responsabilidad que tenía encima, que no era poca cosa: dejar las bases de una universidad pública que no tuviera que enfrentar una embestida neoliberal en un futuro.

No se supo cerrar el acto y entró la Policía Federal Preventiva (PFP) en febrero del 2000  y encerró a más de mil estudiantes. Quedó un movimiento estudiantil que se diluyó con el tiempo hacia otros campos de la sociedad: el académico, movimientos sociales de diferente tipo, el de la sociedad civil organizada, o el de la sobrevivencia cotidiana ante un futuro incierto. A todos los que participaron, la experiencia los marcó para bien o para mal y cambió sus vidas.

Fue un acto decorado de derrota por las botas grises de los militares y por los medios, pero muy alejado del verdadero resultado, de la máxima victoria del movimiento estudiantil, el que exista al día de hoy una universidad pública, gratuita, de masas, que alberga a cientos de miles de jóvenes dándoles educación de calidad a la altura de las grandes universidades del mundo. Autoridades que han tenido que mantener un discurso crítico en defensa de la educación pública frente al Estado, no por buena voluntad, sino empujados por lo que fue la lucha estudiantil que aún permea en la sangre y el espíritu de la UNAM. Puso bases así como las puso el movimiento zapatista para el cuestionamiento que hoy se hacen los indignados, los excluidos del sistema, bases para emprender las luchas desde abajo, de los altermundistas, de los que luchan por educación publica en países hermanos como el chileno, quienes reconocen y admiran la lucha emprendida por los estudiantes en 1999.

El movimiento deja una experiencia que deben retomar las nuevas generaciones, aprender del camino recorrido, de los aciertos y los errores, una experiencia de lucha que se debe retomar para todos los pendientes que quedan no sólo en la universidad, sino y sobre todo, en el país que se desangra con más de 60 000 muertos, que tiene récord de desempleo, donde el narcotráfico se ha vuelto la triste alternativa para miles de jóvenes, donde la educación no alcanza para todos y, donde el Estado, regatea o hace omiso su apoyo a ésta, así como a la salud y a la seguridad social en general.

En la UNAM se deben cerrar heridas, cuestión que hasta hoy no ha sido del todo posible, y ver hacia adelante sin olvidar. Retomar de forma objetiva los aprendizajes, analizar aciertos y desaciertos del movimiento estudiantil sin el cual no se entendería la universidad tal como es hoy y empezar a construir las bases de la universidad del mañana.

Las autoridades de cualquier institución educativa deben saber que tarde o temprano el autoritarismo pierde, que la imposición o el querer ganar por medio de la fuerza, y no por la razón, termina sucumbiendo ante la fuerza de los argumentos y la lucha coordinada y organizada. Los jóvenes deben reforzar los valores del diálogo, la argumentación, del saber escuchar y proponer, pero sobre todo del saber hacer, de romper esa apatía como lo hizo la juventud de 1999 en la UNAM que se comprometió con la noble causa por la defensa de la educación publica y gratuita para las generaciones venideras, que luchó y apoyó a los compañeros zapatistas contra el militarismo, que se hizo sentir y buscó alternativas de lucha y organización y que, finalmente, nunca se doblegó.

*Lic. en Sociología,  Maestría en Defensa y Promoción en Derechos Humanos de la UACM