La Línea 12 cambió a Tlahuác, ahora sí parece más de ciudad que de pueblo

Foto: Emmanuel Martínez/Somoselmedio.og
<p>Foto: Emmanuel Martínez/Somoselmedio.org</p>

Llegaron y dijeron que la Línea 12 del metro, La dorada, vendría con beneficios, que daría trabajo a los que no tenían y que acortaría distancias. Causó ruido cuando se anunció la extensión del metro en Tlahuác y hasta algunos campesinos de Tlaltenco se organizaron para detener su construcción, pues les pedían la entrega de sus tierras. Hubo platicas en los pueblos para informar a la gente sobre la Línea dorada: se decía que traería contaminación y vandalismo, aumento al comercio ambulante, daños a los mantos acuíferos e invasión de grandes edificios.

Las movilizaciones se hicieron presentes durante más de un año: marchas y cierres en la avenida Tlahuác, pero nada podía detener el avance del metro. Señores trajeados aparecían en las puerta de la casa de los campesinos para convencerlos de vender sus tierras, los amenazaban con quitárselas por la fuerza si no aceptaban lo que les ofrecía el gobierno. En los noticieros se mostraban imágenes del desalojo de una vivienda, como unos cincuenta policías sacaban por la fuerza a una señora, la trataron como una delincuente. Y ahora, en el lugar donde se encontraba la casa de la señora está plantada una columna que sostiene una de las curvas aéreas. El metro era inevitable, pero no tenía que llegar así: amenazando, despojando, golpeando y con corrupción.

La urbanización por estos lados ha ido en aumento y poco a poco se ha devorado a los últimos pueblos de la ciudad que aún preservan sus tradiciones. El Distrito Federal está sobrepoblado y hemos puesto  en peligro de extinción las chinampas construidas para el cultivo desde la época de los aztecas, los campos del amaranto y a ese cerro rojo que le da un poco de colora a la ciudad. Entre más gente, más difícil es trasladarse de un lugar a otro. A veces de Tulyehualco al Zócalo, en microbús, se hacen de dos a tres horas de camino, ahora imaginen cómo la sufren los que viven en Milpa Alta para llegar hasta allá.

He de confesar que en un principio no me agradó la idea de ampliar el metro hasta estos lados. Me imaginaba rascacielos dando el tiro de gracias a los pocos campesinos que siguen resistiendo en esta gran urbe. Después comprendí que por estas zonas existe un grave problema: el transporte. No sé si el metro era o es la solución, pero lo que sí sé es que durante el tiempo que funcionó nos hizo la vida más ágil. Y pues es verdad que la Línea 12 cambió a Tlahuác, ahora sí parece más de ciudad que de pueblo.

El metro llegó con su letrero de progreso, pero no para los que vivimos por acá, sino para quienes se llenaron sus bolsillos con el dinero que nunca se utilizó en la construcción. Esta ciudad se ha construido en miras de hacer convenios entre gobernantes y así negociar la tajada que les toca a cada uno por construir mega proyectos en lugares donde a veces no se puede colocar ni un tabique, pero a fuerzas lo ponen aunque después se les venga encima. Poco les importó arriesgar la vida de miles de ciudadanos y esa es una prueba más de que su intención nunca fue resolver el problema de transporte que tenemos por acá, sólo pensaron en engordar sus cuentas bancarias.

No era necesario ser arquitecta o ingeniera civil para darme cuenta que la construcción de la Línea 12 estaba mal hecha desde que se colocó el primer cimiento. ¿Un metro aéreo?, me hice esa pregunta cuando escuche la noticia por la televisión. ¿Cómo le van hacer si el suelo de estos pueblos es fangoso? Yo creo que si rascamos más de tres metros en el patio de mi casa, encontramos agua. Ojalá traigan a los mejores constructores del mundo para que queden bien macizas las trabes que cargaran el peso del tren y de las personas, me dije.

La mera verdad yo goce viajar con comodidad y rapidez, por fin podía llegar al corazón de la ciudad en menos de dos horas. Es mentira que en cuarenta y cinco minutos uno llegaba hasta el Zócalo, pero sí es cierto que el metro recortaba una hora de camino. El gusto nos duró poco y ahora volvemos a la misma rutina: salir de casa más temprano, buscar vías alternas para evitar el tráfico de la ciudad (como el tren ligero), hacer filas largas para abordar el transporte, corretear a los microbúses que poco les falta vomitar a los pasajeros. De regreso es el mismo ritual, pero en su máxima potencia, pues en ocasiones nos podemos encontrar con una peregrinación de algún santo festejando la fiesta de su barrio o pueblo. Hay gente que se molesta por este tipo de tradiciones porque provocan más tráfico, pero hay otros que cuando ven pasar al santito se persignan y piden que bendiga el camino hacia sus hogares.