Demagogia: cambio de régimen y renta básica

Política Zombie

Todos los que habían creído estaban juntos,

y tenían en común todas las cosas;

y vendían sus propiedades y sus bienes, 

y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno.

Act. 2,44-45. 

No es extraña la hipocresía, la demagogia y la charlatanería cuando hay campañas políticas previas a procesos electorales. No es extraño que las fuerzas políticas se corran (más o menos rápido) hacia el centro y que las propuestas que antes aparecían como claras ideas de izquierda se maticen buscando adeptos entre sectores favorecidos por el status quo, o que las propuestas ideadas desde la derecha se oculten en una retórica confusa o abiertas mentiras por su esencia antipopular. Ejemplos sobran. Ninguna fuerza política ha hecho campaña declarando en sus mítines la intención de privatizar el petróleo, el agua, la energía eléctrica y la tierra, que convertirá en negocios privados la educación y la salud pública, que militarizará el territorio nacional.  Así una y mil veces la derecha se viste de centro mintiendo y la izquierda suavizando el discurso hasta la dilución. 

Pero es sintomático cuando las fuerzas de la derecha usurpan propuestas izquierdistas para aparecer originales, progres o intentan fintar con un gancho por la izquierda al oponente. Es el caso del pre candidato derechista Ricardo Anaya, que juguetea demagógicamente con dos conceptos muy interesantes en esta coyuntura. Por un lado “el cambio de régimen” y por el otro la “renta básica universal”, sin darle vueltas, este jugueteo es sintomático del fascismo, así hacían Mussolini y Hitler, los más grandes exponentes de la política de la muerte. Gritaban y chillaban por el dolor del pueblo, la pobreza, el hambre, y señalaban en el horizonte una esperanza anticapitalista, el cambio de régimen, el nacionalsocialismo o el fascismo. 

La política zombie delinea la conducta del reaccionario, la retórica sofista (con el perdón de Protágoras) y la demagogia son sus instrumentos más viejos. 

Sin embargo, no por que Mussolini hablara de paz los comunistas debían rechazar la paz, lo que debían hacer era desenmascararlo y demostrar que su paz no era otra cosa que la guerra imperial en Etiopía y los Balcanes; si Hitler hablaba de socialismo, los demócratas y socialistas no debían rechazar la idea del socialismo, si no demostrar que el socialismo hitleriano no era más que el gran capital apoyado por un Estado policíaco-militar-totalitario. 

Por su puesto que se requiere un cambio de régimen, pues el Estado zombie que se pudre en nuestro país es funcional sólo a intereses oligárquicos pervirtiendo la institucionalidad en favor de las camarillas mafiosas que regentean el erario público, los recursos naturales y la fuerza de trabajo de millones de mexicanas y mexicanos. Un cambio de régimen implica la democratización de la democracia.  Dotar de contenido al vacío concepto de democracia procedimental liberal transformándola en una democracia radical basada en la Libertad, la Justicia, la Fraternidad, la Sororidad, la Igualdad y la Paz. Eso sería un cambio de régimen, un sistema organizado de voluntades autónomas, éticas, responsables, libres de explotación alguna; procesos electivos y consultivos para la toma de decisiones siempre sobre la base del bien colectivo y la libertad individual; ubicar en los cargos de responsabilidad y toma de decisiones a personas comunes y corrientes electas libremente por ciudadanos libres, para lo que es necesaria la distribución justa de la riqueza social y la emancipación intelectual, espiritual, subjetiva y cultural de las grandes mayorías subordinadas a la malformación educativa televisada.              

En este país y en América Latina, Nuestra América le decía Martí, es urgente un poderoso cambio de régimen. Un cambio radical de la economía rapaz y la ortodoxia de la cisticercosis neoliberal hacia una economía redistributiva, solidaria y humanista. La economía política de los pueblos está llamada a poner freno de emergencia al tren de la historia en su deriva extractivista, depredadora y asesina. 

Un cambio de régimen implica el desplazamiento fuera del poder político de la casta gobernante, la participación activa, cotidiana y firme del pueblo trabajador en las tareas políticas del barrio, del centro de trabajo, de la escuela, de la comunidad, tareas políticas que son el ejercicio y defensa de sus derechos y sus obligaciones. Los pueblos luchando hacen cambios de régimen, no los representantes de la política de la muerte, no la demagogia desesperada. 

Hay otra palabreja, las mentiras de Anaya y su frente derechista en pleno desfondamiento, esgrimen la renta básica universal como bandera de campaña. Cuando se es tercer lugar en las encuestas se puede decir lo que sea y rebasar por la izquierda al “extremo centro” por su puesto.  Aun así, más que descalificar la propuesta sería pertinente recalibrarla.  

La renta básica universal, también es conocida como flexibilización cuantitativa para el pueblo, o renta ciudadana universal (Leonardo Boff), no es otra cosa que la “forma más eficiente de garantizar la vida material de la población” en palabras del economista español Daniel Raventós, traducido al mexicano es un salario no condicionado. Cuando estamos empleados y trabajamos, recibimos un salario como paga, lo que hacemos es vender nuestra fuerza de trabajo. La condición del salario es nuestro tiempo, saberes, conocimientos y nuestra energía vital, la renta básica universal se entregaría sin condición, sin venta de fuerza de trabajo. Lo mismo pasa con los programas gubernamentales para los más pobres, hay que ser muy pobre para recibirlos. La renta básica se entrega a todos los ciudadanos. Hasta aqui muy bien. 

La política zombie global hace suya esta propuesta pensando en un futuro que ya se acerca con vigor en el cual una gran cantidad de empleos se ocupen por máquinas, la robotización de la economía, que haría perder empleos y consumidores. Poca cosa es tan mala para la economía de mercado que perder consumidores, por eso hay una reivindicación neoliberal desde el Fondo Monetario Internacional y el silicon valley, en la lógica del usar y destruir de la kakistocracia que gobierna el mundo, la renta básica debe ser una fábrica de consumidores. De ahí la recupera la política zombie nacional.  

  En el lado contrario hay una reivindicación progresista de la propuesta, pues garantizar un ingreso mínimo suficiente para vivir dignamente, incorporaría progresivamente y con apoyo de otras herramientas políticas y culturales a la ciudadanía a millones de seres humanos hoy en la exclusión rampante. Se desvincularía el trabajo como actividad creativa del empleo como dependencia del salario, se reivindicarían trabajos no reconocidos como el cuidado de niños o adultos mayores, así como el trabajo doméstico de hombres y mujeres. Sin embargo, todo esto es inoperante en el actual contexto. Plantearlo como algo realizable en el corto plazo sólo es demagogia populista de derechas. 

    La crítica más simplista que se hace contra la renta básica es que el dinero no alcanza. El debate económico y econométrico sobre el particular está muy avanzado en otras latitudes planetarias, todo parece indicar que si alcanza, si se aplica una política fiscal que grave las grandes fortunas individuales, familiares y empresariales, además de las transacciones bancarias millonarias, para lo que se requeriría una reforma fiscal de gran calado así como de un Estado fuerte y robusto que haga valer la ley y los derechos humanos por encima de todo, se requiere una lucha frontal contra la corrupción comprendiendo su carácter sistémico inherente al modelo de subdesarrollo neoliberal. 

En fin, la Renta Básica Universal es una buena idea progresista y democratizadora, es expresión del Facultas procurare et dispensare, comprender la propiedad de la riqueza como facultad de cuidar y de distribuir, no debe faltar en los programas progresistas de los gobiernos de cambio, y no es de extrañar que los zombies pretendan devorarla convirtiéndola en chachara abaratada por la demagogia y el cinismo. 

Otra cosa es el trabajo garantizado, que plantea incorporar a la vida productiva y a la dignificación de la misma a amplios sectores de la población marginada, ocupando recursos públicos y privados. Pero eso es parte de otra entrega.